Hubo una época lejana en mi vida, muy, muy lejana, cuando yo era libre de toda adicción. Mis únicas adicciones eran los pasteles de arequipe de la tiendita de la esquina junto a la casa de mi abuelita, y rogaba por ellos a mi papá, durante horas, hasta que "lo secaba" y tenía que llevarme a comprar uno. Todavía recuerdo el sabor, la textura, eran pasteles redondos, crujientes, con arequipe por dentro, y ese bordecito azucarado rodeando la masa hojaldrada. Me acuerdo de las harinas sobre el vestido que mi mamá me obligaba a llevar. Me obligaba porque yo siempre odiaba los vestidos en esta lejana época, porque no me permitían montarme a los árboles sin que se me vieran los calzones. Que martirio.
En fin, en aquella bella época, yo no era adicta a nada más. Un día crecí y me di cuenta de que existían los vicios y adicciones. Yo no encontraba todavía el mío, el internet, tal vez. Por lo demás, no fumo, al menos no cigarrillos y si fumo otras cosas es una o dos veces por año. Bebo en sociedad, y hasta me emborracho de caerme y darle picos a la gente, pero no me hace falta. Jugaba videojuegos por horas, RPG's, Age of Empires II (si, participaba en torneos y le ganaba a mis amigos) y hasta jugaba juegos de rol, pero nunca sucumbí a los excesos típicos del género masculino en cuanto a eso se refiere. Soy más bien poco obsesiva con esas cosas.
Sin embargo, de unos años para acá, he venido reafirmando que, en efecto, soy completamente adicta a los hombres. Es una cosa impresionante, una dependencia de lo más histérica. Yo no sé que tienen ellos, porque hay muchos momentos en los que los detesto, pero en la dinámica de mi vida, haga lo que haga, ocupada o no, en mi país, en otro, de viaje, en casa, el ritmo de mis días es marcado por mi relación con ellos.
Hablando con mis amigas, me escucho decir: "Ese tipo, ¡tiene una sonrisa! me pone como la piel de gallina cuando se me acerca, hace rato no me pasaba eso ¡es tan rico!". Y luego caigo en la cuenta de que "hace rato" es... hace 1 mes y medio. Y a mí eso me parece una eternidad, un infierno frío que dura varios años de padecimiento. Un mes y medio sin volearle pestaña a ningún tipo y yo entro en depresión.
En efecto, caigo en la cuenta de que, en mi vida de soltera, cada semana tengo una crisis existencial amorosa, y cada semana se me quita si me hago un levante. En otras palabras, puedo hacer mala cara todo un día, recibo un e-mail de un tipo invitándome a tomar algo y ya... me transformo, de Godzilla, a Heidi la niña de la pradera cantando "abuelito dime tu..", incluso si el tipo no me gusta tanto.
Después de hacer una maestría en etología, me doy cuenta mucho más fácil de los cambios de mis expresiones faciales, de las emociones que embriagan mi cuerpo, casi nada pasa desapercibido, y gracias a eso me doy cuenta de que soy como una caricatura de reacciones.
El otro día en un concierto, volví a ver a don monsieur encanto, un tipo con una sonrisa muy contagiosa que había visto hace un mes en otro concierto. Yo llevo toda la semana en crisis, pensando que soy asexual, que los hombres no me gustan, ni me gustarán nunca y que no me producen nada, que mi vida amorosa es inexistente, que me reproduciré por clonación y moriré vieja, con 7 gatos.
Luego llega este monsieur, me invita a un trago, me dice que él me da clases de guitarra... y así como por error me pasa un brazo por la cintura pa preguntarme a dónde voy cuando yo intento salir del tumulto para ir al baño.
La proximidad de su boca en mi oreja mientras hace el esfuerzo de hablarme en español (lo cual me parece muy encantador, viniendo de un monsieur), y el brazo con el que me sostuvo momentáneamente unos segundos para poder preguntar sobre mi rumbo, desencadenaron en mí una cascada de reacciones que me dejaron aturdida como una mosca el resto del concierto, como una drosophila emborrachada con éter, caminando a penas. Todas mis hipótesis sobre mi asexualidad y mi futura partenogénesis derrumbadas en medio segundo. Toda la dosis de feromona masculina necesaria para guardar la sonrisa durante tres días, tres días solamente, hasta que, o bien, vuelva a verle (como fue el caso), o no vuelva a verle y recomience mi crisis existencial y mi hipótesis de asexualidad resurja, con nuevos argumentos y re-masterizada.
Muy rara vez, se me olvida mi histeria, se me olvida el sexo, se me olvidan los hombres y voy por la calle sin importarme nada de nada, completamente tranquila, cero euforia, cero tristeza. Se podría llamar 100% felicidad.
Esos momentos, de absoluta presencia y realización espiritual, son escasos. Son como burbujas que se rompen rápidamente viendo a una pareja en el bus, recibiendo un SMS, escuchando las historias de una amiga... entonces salgo de la burbuja y caigo en la euforia de gustarle a un tipo, o en la desesperación de no hacerlo.
Y así, cada vez, en un ciclo que se repite una y otra vez, me debato entre esos dos estados emocionales semana tras semana. Con Paquito, con Fulanito, con Juan. Soy una histérica, lo sé, no me enorgullezco de ello, pero me consuela saber que no soy la única, y que si puedo reírme de ello a cada vez, reírme de mi estupidez y de mis dramas, hacer de observadora ante mis cascadas emocionales, sin ahogarme entre mis emociones, ya es mucha la proeza.
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